
Yo creo que no hay ser patrio de mi generación que no haya imitado a Jesús Hermida. Su profunda entonación, sus calmadas pausas, sus amplios circunloquios precisamente detallados y gramaticalmente cerrados, sus vehementes cabeceos al ritmo de aquellas palabras elegidas con cuidado y aquella sonrisa para remate de sus frases nos hipnotizaban en cuanto aparecía en pantalla, y todos aquellos rasgos eran pasto de nuestros juegos de la niñez, cuando elevábamos la mirada hacia quienes despertaban nuestra más cándida admiración.
Debido a la poca prisa que se dieron mis padres por traerme al Mundo, yo no disfruté de Hermida hasta que presentó ‘Su turno’, por lo que me perdí su narración del paseo de Neil Armstrong por la Luna y también sus crónicas desde Nueva York, que por lo que me cuentan mis mayores eran pluscuamperfectas en los convulsos finales de los sesenta y en los primeros años de la década de los setenta, pero les perdono este detalle a mis progenitores porque con los años igualmente he podido valorar a Jesús Hermida como lo que es: un eterno animal televisivo de primera fila.







