En 1988, los niños nos quedamos “huérfanos”, televisivamente hablando. La Bola de Cristal dejó de emitirse; se fue joven convirtiéndose así en programa de culto por los siglos de los siglos. Llenar ese vacío que dejaron Alaska y sus electroduendes en nuestros corazones y asumir la tarea de entretener a los niños en esas mañanas de sábado, iba a resultar difícil. Pero entonces llegó ‘Cajón Desastre’, y con él, una nueva mini-revolución.
Cierto es que Cajón Desastre era más políticamente correcto, o, mejor dicho, apolítico. Nadie nos explicaba las teorías marxistas o defendía el capitalismo. Pero, como programa contenedor, dio cabida a formatos que supusieron nuevos hitos: una nueva forma de hacer humor (Faemino y Cansado), series de éxito que acabaron “volando” solas (como la del alienígena más famoso, ‘Alf’) e incluso fue el precursor de las sitcom españolas con su espacio ‘Pase sin llamar’.
Un programa para todos los públicosEl mayor mérito de ‘Cajón Desastre’ como programa era su empeño en gustar a todos los niños de la casa, independientemente de su edad. Era, literalmente, un cajón desastre donde todo tenía cabida: dibujos, pruebas sobre patines, la emisión de series míticas y espacios de producción propia. Un baúl lleno de sorpresas que iban siendo desveladas por una jovencísima Miriam Díaz Aroca, que dio con este programa el gran paso de azafata a presentadora; un trabajo que le valió la nominación al TP de oro en 1990 como mejor presentadora y que le abriría otras puertas aún más grandes en el futuro.
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