The Office

Acabo de ver la tercera temporada de The Office, la americana, y me ha producido un efecto cada vez más extraño de sentir cuando vemos una ficción. Es esa sensación de que todo ha sido perfecto, de que está todo extraordinariamente medido y de que ha sido un placer poder disfrutar de una serie de una calidad tan abrumadora.

Hay varias cosas que me emocionan y que van más allá de la evidente maestría del guión. La serie se alimenta a sí misma. Bromas de la primera temporada aparecen cuando menos te lo esperas. Los personajes han evolucionado con la serie, a pesar de que a la comedia de veinte minutos se le supone personajes planos y simples. La interacción con la cámara ha ido creciendo y, de sentirse intimidados por ella, los personajes han empezado a compenetrarse con la dinámica y a utilizar la grabación como un personaje y un escenario más.

Steve Carell se ha apropiado de un personaje y lo ha convertido en persona. Tiene tantos matices, tantas grietas y tanto carisma que, a pesar de tener características básicas que podrían hacer de él un tipo odioso, consigue que le queramos y le comprendamos en sus debilidades. El resto de historias pueden interesar a todo tipo de espectadores, desde la típica trama romántica al humor más grosero y zafio. Pese a la enorme variedad, todos encajan. Los conflictos nunca terminan de resolverse y aunque acabe llegándose a un acuerdo entre los personajes, de forma latente siempre están presentes determinados temas de alcance universal, como la homofobia, por ejemplo.

¡Vótalo!

Editores 9,4

Comunidad 7,7

Actividad de la comunidad