Lo demostró en la primera temporada y lo ha confirmado en la segunda: Lena Dunham (o su alter ego, Hannah Horvath) es la voz de nuestra generación. Lo que nos ofrece en ‘Girls‘ es arte en forma de episodios de treinta minutos, alejado del cliché barato de la juventud pija y ricachona que nos venden en otras series “juveniles”, mostrando la realidad de una generación con escasas oportunidades, asqueada del mundo, aislada y fracasada, en busca de un sueño que rara vez somos capaces de conseguir. Y, entre tanto, practicamos sexo.
Con esto, ‘Girls‘ se ha alejado definitivamente de la comedia y se ha convertido en el drama que debió ser desde un principio. Las trazas dramáticas de los primeros episodios se han potenciado, e incluso los restos de comedia (como el TOC de Hannah en esta recta final) han tenido un trasfondo más bien tétrico. Lena nos ha destrozado mentalmente, ha moldeado unos personajes en los que cualquier espectador de entre 20 y 40 años puede sentirse identificado. Para bien y, sobre todo, para mal.
El “superyo” de Lena, de ‘Girls’ a ‘Girl’Reconozcámoslo, Lena Dunham está encantada de haberse conocido. Es la dueña y señora de su serie y, como tal, quiere ser la protagonista completa. Pocas tramas se han dejado para el resto de personajes, y las que ha habido han recibido poca atención. Sin embargo, no han faltado los planos de Lena (o Hannah) desnuda, escribiendo en su Mac, intentando orinar a través de su cistitis, metiéndose un bastoncillo en el oído o repitiendo ocho veces la misma acción para equilibrar el universo.
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