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Washington, 1981. Ronald Reagan acaba de ser elegido presidente de Estados Unidos y el clima de paranoia de la Guerra Fría alcanza cotas casi desconocidas desde los años 60. La URSS tiene espías infiltrados desde hace décadas, espías que llevan una vida completamente normal como estadounidenses medios y que forman parte del muy secreto Directorio S. A él pertenecen Philip y Elizabeth Jennings, los nombres falsos de dos espías soviéticos que llegan a Washington bajo un matrimonio de conveniencia, y que llevan quince años trabajando encubiertos. Tienen dos hijos que han nacido en Estados Unidos y que creen que sus padres sólo son dos agentes de viajes, sin imaginarse que parte de su trabajo consiste en seducir a empleados del gobierno a cambio de información, secuestrar a miembros del KGB que pretenden desertar y colocar micrófonos en la residencia del secretario de Defensa, entre otras cosas.

The Americans‘, la nueva serie de FX para esta midseason, tiene ese punto de partida y el envoltorio de una clásica historia de espías, con el añadido de que el nuevo vecino de los Jennings es, qué casualidad, un agente del FBI que se dedica a la contrainteligencia y a la caza de, precisamente, espías del KGB. Pero, bajo todo eso, en realidad es la exploración de un matrimonio, el que forman por interés puramente profesional, y por deber hacia la patria, Philip y Elizabeth, pero que se complica no sólo por la existencia de esos dos niños, sino por los propios sentimientos de sus integrantes. Keri Russell y Matthew Rhys, los dos protagonistas de la serie, han repetido en todas las entrevistas que ése es más bien el tema central de la serie, y después de haber visto tres episodios, no queda más que darles toda la razón.

Las dudas de Philip

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Ya en el piloto nos queda claro que mantener esa tapadera durante casi dos décadas termina por hacer mella en los Jennings. Elizabeth se nos presenta inicialmente con la más fría y entregada a la causa de los dos, dispuesta a seguir las órdenes que les manden desde Moscú sin dudar. Philip, mientras tanto, empieza a tener dudas y a dejarse “tentar” no sólo por el estilo de vida americano, sino por esa cotidianeidad con la que al fin y al cabo es su mujer y con sus hijos. Para él, ese matrimonio es bastante real, aunque para ella no sea más que una misión, un trabajo (y a pesar de que los dos se dedican a las “trampas de miel”, es decir, a utilizar el sexo a cambio de información confidencial), y que empiecen a desarrollarse sentimientos entre ambos no hace más que complicar una situación ya bastante delicada de por sí.

Lo interesante es el giro que, de repente, vemos en el tercer capítulo, con ese integrante de los Panteras Negras que Elizabeth recluta para que los ayude, y con el que ha mantenido una relación en secreto durante más de diez años. La que parecía la espía fría y profesional resulta simplemente estar entregándose completamente a su trabajo y su deber para no tener que plantearse que, en el fondo, está tan perdida y confusa como Philip. Los Jennings llevan casados quince años, pero es bastante probable que empiecen a enamorarse ahora, cuando comienzan a acosarles problemas por todos los frentes.

Las misiones

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La llegada de Reagan al poder lleva a la KGB a redoblar los trabajos de sus agentes encubiertos, pues los dirigentes soviéticos pensaban que estaba realmente loco. Buena parte de las cosas que Philip y Elizabeth hacen se encaminan a conseguir información de lo que se apodó como “la guerra de las galaxias”, algo así como un escudo antimisiles en el espacio, que debía detener cualquier intento de ataque nuclear de la URSS. Desde 2013 sabemos que aquello nunca fue a ninguna parte, pero para los espías soviéticos en 1981 era vital descubrir exactamente en qué consistía, cuál era su capacidad operativa y cómo de avanzada estaba su construcción. Los Jennings, que hasta ahora parece que se habían dedicado a operaciones de nivel más bien bajo, se van a ver metidos de lleno en todo el asunto, teniendo que asumir mayores riesgos y respondiendo ante una nueva jefa a la que, desde luego, hay que tomar siempre muy en cuenta (no se contrata a Margo Martindale para otra cosa).

El tono que sigue ‘The Americans’ en estas misiones, y también al mostrar las investigaciones del FBI, no es el de una serie trepidante, sino que se adapta más al ritmo de unos personajes que, en los 80, no disponían de todos los avances tecnológicos que tenemos ahora y que, si querían encontrar con alguien, tenían que revisar manualmente montones de expedientes o patearse las calles detrás de él, y los mensajes para los contactos no podían dejarse en foros de Internet. Todo eso lleva a un estilo más de la “vieja escuela” que se encuadra bien, por ejemplo, en el trabajo de ambientación naturalista de la serie. Estos 80 no son los de ‘The Carrie Diaries‘, que son más unos 80 imaginados que vividos, sino unos más cercanos a la realidad. Aunque la realidad de los Jennings no sea más que una mentira que, poco a poco, está pasando de verdad.

En ¡Vaya Tele! | Créditos de ‘The Americans’, la imagen de la semana

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