Disney: 'Tarzán', de Chris Buck y Kevin Lima

Disney: 'Tarzán', de Chris Buck y Kevin Lima

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Disney: 'Tarzán', de Chris Buck y Kevin Lima
Alguien me ha comentado que sería una buena idea hacer una película animada de Tarzán. Si alguna vez nos lo proponemos en serio, el resultado final debe ser de la calidad de las producciones Disney. (Edgar Rice Burroughs)

Tras haber transitado por diez años en los que su hegemonía en el universo de la animación era ya un hecho incuestionable, Disney se preparaba para cerrar el siglo XX con el estreno de dos producciones que, por una razón o por otra, terminarían elevándose como puntos de encuentro ineludibles cuando se ha de hablar de lo mejor que la productora ha puesto en pie a lo largo de sus casi ochenta años de historia.

Con seis meses de separación, los estudios que sesenta y dos años antes habían arrancado su andadura con 'Blancanieves y los siete enanitos' ('Snowhite and the Seven Dwarfs', David Hand, 1937) y que habían roto moldes tres años después con 'Fantasía' ('Fantasia', VVDD, 1940) se disponían a cambiar de centuria con sendos títulos que terminarían por establecer un curioso paralelismo con aquellos que habían materializado el sueño de Walt Disney y que hoy, tantas décadas después, son más que nunca auténticas obras maestras del arte animado.

Y para rendir una suerte de homenaje a ese cierre de siglo que Disney llevaba a cabo de mano de la MAGISTRAL 'Tarzán' ('Tarzan', Chris Buck y Kevin Lima', 1999) y la SOBERBIA 'Fantasía 2000' ('Fantasia 2000', VVDD, 1999) hoy tendremos doble entrega de este especial dedicado a la productora que comenzaba allá por noviembre de 2013 y que, en virtud del paso al s.XXI, encara una "recta final" que nos llevará a la conclusión del mismo en un plazo de catorce semanas con el cierre que supondrá 'Big Hero 6' (id, Don Hall y Chris Williams, 2014).

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Fidelidad al original

Tarzan 1

Con un número que supera ya las cincuenta producciones a lo largo de la historia del cine, Tarzán es junto a Drácula y Sherlock Holmes el personaje literario que en más ocasiones ha sido llevado a la gran pantalla. De hecho, igual que ocurre con el vampiro de Bram Stoker, la primera aproximación al personaje de Edgar Rice Burroughs cabe encontrarla muy temprano en el noveno arte, tanto que sólo seis años separan a la cinta dirigida por Scott Sidney y protagonizada por Elmo Lincoln de la primera aparición del rey de la jungla en letra impresa.

Y si Johnny Weismuller fue el actor que más veces encarnó al hombre mono —hasta en doce ocasiones—, Gordon Scott protagonizó la que se tiene como mejor aproximación en imagen real al personaje y Christopher Lambert compuso el que probablemente sea su mejor papel en la piel de Lord Greystoke, todos ellos quedan ciertamente empequeñecidos cuando se les compara con lo que la Disney fue capaz de levantar con una cinta animada que, de entre sus inmensas cualidades, destaca por lo fidedigno de su adhesión al material original.

Dicha afirmación viene a aplaudir no sólo el que, con las obligadas concesiones a su forma de narrar historias, la traslación de Tab Murphy, Bob Tzudiker y Nomi White —acreditados hay hasta veintidós escritores en la cinta— sea la que con algún que otro cambio importante más se acerca a lo que Burroughs estableció en su 'Tarzán de los monos', sino también el que, a la hora de hablar del personaje de forma estricta, esta fantástica cinta destaca sobre todas las demás en el tratamiento de la dualidad hombre/mono y la naturaleza misma del rey de los monos.

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De hecho, si nos acercamos a la novela original, la descripción que de él hace Burroughs es la de "un hombre blanco, de tez bronceada hasta el punto de parecer curtida, guapo y perfecto como un dios, dotado de la fuerza de un elefante salvaje, la agilidad de un mono y la bravura de un león", cualidades todas que quedan potenciadas sobremanera en el diseño de Glen Keane —el mismo animador al que le debemos personajes como Ariel, Bestia o Aladdin—.

Tamaña es la determinación del artista por hacer algo que no se hubiera visto hasta entonces, que podríamos afirmar casi sin miedo a equivocarnos que el Tarzán de Disney es el primero que visualiza al personaje tal y como fue concebido por su creador, un hombre que convive entre animales y que es un animal entre los hombres y que encuentra aquí el mejor exponente de una dualidad que se aleja de convertirlo en el superhombre que el cine había mostrado con anterioridad —la excepción más notable a este respecto fue la rodada por Hugh Hudson—.

Personajes muy creíbles

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Así, el Tarzán que aquí encontramos es un joven con muchísimas dudas que se encuentra atrapado entre dos realidades y que desea encontrarse a sí mismo tanto como lograr hallar su lugar en el mundo. Una disquisición que no es ajena al recorrido que la Disney había realizado durante los noventa a través de personajes como Bestia, Quasimodo o Hércules pero que aquí adquiere connotaciones que lo alejan del tratamiento que habían recibido dichos caracteres.

Es más, si algo hay que agradecerle también a 'Tarzán' en esa precisa definición que se hace de él es que, al contrario que lo que pasaba con Aladdín, el jorobado de Notre Dame o Hércules, el héroe no sucumba al mayor protagonismo y relevancia que terminan adquiriendo las féminas que aparecen en sus vidas, un hecho éste que no implica, cuidado, que la Jane que aquí vemos sea un florero sin carácter.

Antes bien, el eventual amor de Tarzán es definido como un personaje con temperamento cuyo encuentro con el hombre mono no se decanta por el típico enamoramiento instantáneo que habíamos visto, por ejemplo, en 'Pocahontas' (id, Mike Gabriel y Eric Goldberg, 1995): Jane queda prendada inicialmente no por la persona, sino por lo que su descubrimiento supone y, conforme avanza la acción, dicha atracción termina transformándose en algo más de una manera tan natural como la que veíamos, ocho años antes, entre Bella y Bestia.

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A la precisa definición que la cinta hace de la pareja protagonista cabría añadir la que encontramos tanto en Kerchak como en Kala, el padre y la madre gorilas de Tarzán y dos personajes fundamentales alrededor de los cuales orbita mucho de lo que termina conformando al hombre mono, ya sea por las enseñanzas que acerca de la vida le imparte su madre adoptiva, ya por la lección sobre proteger a la familia sobre la que insiste una y otra vez el imponente alfa de la manada de simios en la que es acogido el enternecedor bebé que es el Tarzán que vemos al principio de la acción.

Junto a ellos cuatro, aunque en un segundo plano algo más tímido, la cinta sitúa al "villano" de la función y al alivio cómico menos molesto de la misma. Éste último, el padre de Jane, carece de incidencia en el devenir de la trama y sólo sirve como catalizador de los últimos minutos de metraje. En lo que al primero respecta, entrecomillar su condición quiere venir a evidenciar lo atípico que como malo de la función resulta un humano que no es el antagonista directo de Tarzán —ese sería, sin duda, Sabor— sino un mercenario sin escrúpulos que hará lo que sea por dinero.

Y aquí viene el ÚNICO achaque que servidor le pondría a una función sublime, los dos (muy) prescindibles secundarios, unos Tantor y Terk que no aportan nada a la trama, que sólo están ahí para hacer las cuatro gracietas de turno y que, además, son recipiente obvio del único número musical de la cinta que sobra de principio a fin por muy animado y simpático que pueda resultar. En definitiva, la muestra última de que, en este particular, la fórmula Disney había tocado fondo.

Los sonidos de la jungla

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De lo que no podríamos afirmar lo mismo es de lo que a la música de la cinta se refiere, uno de los mayores y más cuidados valores de 'Tarzán' que, como ya ocurriera con 'El rey león' ('The Lion King', Roger Allers y Rob Minkoff, 1994), no se puso en manos de Alan Menken y el letrista de turno, sino en el tándem formado por Phil Collins y un Mark Mancina que compone aquí algunos de los mejores temas que se le han podido escuchar al músico salido de la factoría Zimmer.

La decisión de elegir al ex-batería de Génesis para escribir las canciones y combinar su trabajo con las partituras de Mancina se revela como espectacular ya desde la primera secuencia del filme, un PRODIGIO de maridaje entre animación y música que supera con mucho a los mejores "videoclips" que la Disney nos había ofrecido años atrás y que deja claro de forma temprana el inmenso mimo y cuidado que la compañía puso en ofrecernos a sus seguidores algo completamente novedoso.

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Unidas a esa espectacular 'Two Worlds', encontramos a lo largo del metraje otras cuatro tonadillas que, con la excepción hecha de esa elaborada a partir de diversos sonidos que apuntaba más arriba como lo único prescindible de la cinta, sirven de forma íntima al filme en lo que al desarrollo de su personaje central se refiere. Y aunque todas ellas son brillantes, quizás la que mejor ejemplifica la voluntad de Collins de que las letras sirvan para algo más que para adornar cinco minutos de acción es 'Son of man', que sigue a Tarzán en el camino de niño a hombre.

En lo que a Mancina compete, son sus potentes orquestaciones, que se asocian de forma inmediata a sonoridades tribales de las que "cabría encontrar" en el corazón de la jungla, las que más resaltan de un conjunto soberbio que sabe alternar con suma precisión la vertiente de acción de la historia —algo para lo que ya había demostrado tener un gran talento en scores anteriores— con la más íntima que se asocia sobre todo a Nala, la madre adoptiva de Tarzán.

'Tarzán', una obra maestra del cine animado

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Lo he apuntado en algún que otro momento anterior, y hora es ya de dejar claro que, en lo que a la animación de forma estricta se refiere, 'Tarzán' compitió en una liga completamente diferente a todo cuanto habíamos visto en Disney durante la década de los noventa—salvo 'El rey león', claro está. Y lo hizo, unido a todo lo que ya hemos comentado acerca de la grandeza de sus personajes y de la fuerza de su música, por mor de una animación que deja boquiabierto desde el primer al último plano.

No es sólo que el diseño de los personajes sea genial, que los animales —como siempre ha sido norma en la casa— se muevan de una forma hiperrealista o que, en lo que a Tarzán respecta, el estudio de su doble cualidad como simio y humano de como resultado al mejor rey de la selva que haya visto el cine; es que todo eso queda en segundo lugar cuando uno tiene que atender a la concreción de unos fondos que nunca habían tenido tanta relevancia como la que aquí observamos.

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De un colorido espectacular, la "selva definitiva" creada por los artistas de Disney para la ocasión es una fusión alucinante de las estampas más bellas de todas las selvas del mundo que, aquí más que nunca, respira y se siente como un protagonista más de la acción, aportando un punto de falso realismo que complementa al resto de valores de la cinta. Unos valores entre los que sería imposible no citar a ese sistema llamado Deep Canvas que permitió a los animadores de la compañía visualizar al Tarzán surfista de los árboles que podemos ver aquí.

Si en la entrada correspondiente a 'El jorobado de Notre Dame' ('The Hunchback of Notre Dame', Gary Trousdale y Kirk Wise, 1996) apostillaba que a la adaptación de la novela de Víctor Hugo se le negaba la calificación de magistral por responsabilidad de las estúpidas gárgolas, aquí, por mucho que Tantor y Terk molesten, no podemos afirmar lo mismo: 'Tarzán' es, con categórica autoridad, una obra maestra del cine de animación —para el que esto suscribe, claro está—, un hito asombroso que, desafortunadamente, la Disney tardará en conseguir repetir algo más de una década.

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