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'Bates Motel', una serie mucho más inofensiva de lo que debería

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Cuando un canal de cable intenta abrirse camino en el terreno de la ficción, debe llamar la atención del público de alguna forma y A&E no se complicó la vida con high-concepts. Aprovechó que el terror estaba de moda en televisión y encargó ‘Bates Motel’, una precuela bastante libre de la película ‘Psicosis’ de Alfred Hitchcock. Con un poco de suerte, tendría una fracción del éxito de ‘The Walking Dead’ y los medios hablarían tanto de ella como de ‘American Horror Story’.

Ahora que la temporada se despidió el pasado 20 de mayo ya se pueden hacer las cuentas. ‘Bates Motel’ mantuvo unos datos de audiencia muy dignos durante la emisión de los diez episodios emitidos, así que en este aspecto puede calificarse de éxito. Pero si hablamos de calidad, el resultado dista mucho de ser satisfactorio. El piloto pudo tener sus defectos pero también prometió una relación bastante turbia entre Norman Bates y su madre, algo que se suavizó a medida que avanzaban las tramas.

Una presentación solvente

El episodio de presentación, como ya se comentó en esta página, tenía un punto de partida interesante. Los Bates llegaron a un pueblo de Oregon llamado White Pine Bay para instalarse en la mítica casa en lo alto de una pequeña colina y regentar un motel de carretera. Se establecieron rápidamente dos puntos de partida: Norma y Norman tenían una inercia bastante malsana con unos tintes casi incestuosos, y su voluntad de empezar de cero se vería truncada cuando un vecino violó a Norma, quien mató a su agresor con un cuchillo y convenció a su hijo de deshacerse del cadáver.

La interpretación de Vera Farmiga, además, permitió que confiáramos en ‘Bates Motel’, que le diéramos una oportunidad aunque otros frentes flaquearan. Su inquietante mirada, su constante nerviosismo y su capacidad de torcer las expresiones de la cara transmitían muy bien que algo no funcionaba en ese hogar. Freddie Highmore también estaba muy bien cuando compartía planos con ella, aunque se le escapase a ratos el acento británico. La atmósfera creada por ellos dos, por tanto, era francamente inquietante, un elemento clave para que un producto de terror (o filo-terrorífico) sea digno.

Los dos universos de White Pine Bay

En White Pine Bay viven en el presente.

Uno de los elementos más criticados en su estreno fue la decisión de sus responsables, Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, de anclar la historia a la actualidad. No sé qué justificación dieron pero es evidente que se trataba de ahorrar dinero, pues la planificación del rodaje hubiera sido mucho más complicada si tuvieran que vigilar los anacronismos en el atrezzo. Y lo utilizaron a su favor. Con la excusa de que los Bates alquilaron una vivienda antigua con un mobiliario bastante viejo, ellos vivían en los sesenta mientras fuera de casa se vivía en el siglo XXI.

Norma, por ejemplo, se pasa gran parte de la temporada con vestiditos que bien podrían aparecer en ‘Psicosis’, Norman lleva un look bastante retro y adora las películas clásicas, y la fotografía interior también rememora otros tiempos. Viven en su propia burbuja, acostumbrados como están a sobre-protegerse y tratar el exterior como un territorio hostil, y cuando interactúan con los habitantes del pueblo todavía se nota más las pocas herramientas sociales que poseen.

El exterior es otro mundo, uno más estándar y que bebe de ‘Twin Peaks’ pero sin transmitir la inquietud del pueblo de Laura Palmer. Hasta Carlton Cuse reconoció que había sido su fuente de inspiración y la idea de que White Pine Bay oculta muchos secretos se entiende más por lo que dicen que por lo que experimentamos como espectadores. Ni tan siquiera ese campo de marihuana, el hombre quemado y el tráfico de asiáticas pudieron comunicar que algo está podrido en ese rincón de Oregon, sobre todo por una cuestión de atmósfera y naturalidad. Ni la estética es atractiva, ni los secundarios se antojan interesantes.

Las dos Normas

Los Bates viven en una burbuja sesentera.

De hecho, como bien se dijo desde el principio, se nota que son futuras víctimas de Norman. La profesora, por ejemplo, acaba significando el despertar psicópata del chico (el asesinato de su padre, al fin y al cabo, era para proteger a su madre) y sabe a poco. ¿Diez episodios para llegar a ese punto, al que podría haber llegado en el piloto? No hay una verdadera progresión dramática y un gatillo que le cruce los cables. Simplemente es la situación adecuada y probablemente hubiera sido más interesante verle en acción, pues ver el cadáver después del asesinato parece bastante cobarde. Como si no supiéramos que Norman es un psicópata.

Encima, el crimen abre un interrogante: ¿por qué Norman tiene alucinaciones de su madre, cuando ella ni tan siquiera es tan retorcida? Los guionistas llevan a la madre a un punto más simpático y absurdo (la pobre Vera Farmiga parece que esté en una sitcom en los últimos episodios) y las imaginaciones del pequeño Bates no casan con esa imagen. Lo cual quita fuerza a la relación de ambos y a los terribles actos de Norman. Sería más interesante si hubiéramos visto a la mujer alimentando la psicopatía de su hijo y no con simples comentarios que luego él se toma fatal. Y, si la idea del sexo debe repelerle tanto, podría haber acuchillado a Bradley perfectamente en lugar de su profesora.

Y, mientras, Norma se entretenía con una trama de tensión ausente. De más a menos, como todo en esta serie. De aquí que me extrañe que no perdiese el público a medida que emitía los episodios. A ver si ese fiambre activa el ritmo de ‘Bates Motel’, los huéspedes le dan algo de intriga y Norma vuelve a ser tan enfermiza como al principio, porque tenía potencial y se quedó en algo ligero que no se decantó del todo por ninguno de sus planteamientos. Parece mentira que creyeran que algo tan inofensivo pudiera colar.

En ¡Vaya Tele! | 'Twin Peaks', Nostalgia TV

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