
Ya hemos hablado más de una vez por aquí de la importancia de los formatos de televisión. Formato, en televisión, indica algo más que la tecnología con la que comprimimos y transmitimos la información. Un formato describe el ADN de un programa de manera totalmente exhaustiva y el negocio que hay montado en torno a ellos no tiene nombre. Cientos de personas, departamentos de creación y empresas especializadas se dedican día a día a dar forma a una idea para convertirla en un formato de televisión, con la esperanza y suerte de que algún canal se fije en ella, vea el potencial económico de dicho formato y lo compre para emisión. Una tarea difícil e insólita a partes iguales, que en España suele estar en manos de las grandes productoras de contenido.
Una idea por sí sola no puede ser registrada. Pero sí un formato de televisión, que sería esa idea muy desarrollada y con una tipología y metodología de trabajo y exposición. Es decir, no es lo mismo pensar en un programa que enseñe a cantar a la gente, que un programa en el que se enseñe a cantar y mejorar durante tres meses, gente con talento que tiene buena voz, y que la audiencia decide cuál es el mejor en una gala final. Hablaríamos de ‘OT’. Pues bien, todas estas primerizas ideas se plasman en un papel y se desarrollan parte por parte: justificación de su existencia, papel de los concursantes, de los presentadores, de la audiencia, metodología, etc. hasta que se adquiere el aspecto de un briefing más elaborado.















