Los programas low cost son, como su propio nombre indica, producciones muy baratas, lo más baratas posibles. Se ahorran costes porque no hay plató, no suele haber presentadores y no hay un trabajo, digamos clásico, de preproducción: los protagonistas son la gente de la calle, personas “normales” que construyen por sí mismos el programa al hacernos partícipes de sus historias.
No tiene porqué ser extraordinario o pertubador, sino que el valor reside en que lo que sucede es de “verdad”. Se trabajan los conceptos de proximidad y espontaneidad: un individuo cualquiera, que bien podríamos ser uno de nosotros, es grabado mientras sale de fiesta, hace la compra o practica pilates. Cuanto más natural, mejor. Se hace hincapié en una improvisación impostada y en la llaneza del discurso del ciudadano común.




