
Siempre me ha dado un cierto morbo pensar que El Gran Wyoming podría haberme examinado las amígdalas en su consulta médica. Me lo imagino gritándome “¡¡¡Diga 33, maldita sea!!!” con esa manera tan suya de gritar y me parto la caja. Por suerte para mi garganta, hace años que Chechu Monzón colgó el fonendo para dedicarse a vivir de algo más entretenido que curar catarros. Se puso un mote grandilocuente para que al menos eso diera el pego y se lanzó a los escenarios de la Movida madrileña para entretener a la basca acompañado del mítico Maestro Reverendo. La tele vendría después y con ella el humor más mordaz y sangrante que se haya emitido jamás desde España.
Ocurre sin embargo que el sentido del humor es como los culos: cada uno tenemos uno propio. Por eso El Gran Wyoming colecciona abnegados admiradores dispuestos a autodepilarse las cejas a mordiscos por él y también fieros detractores que esconden en sus casas extraños guayominitos a los que clavarles alfileres vuduistas. En cualquier caso, si somos justos reconoceremos que El Gran Wyoming representa la esencia del animal televisivo. Llena la pantalla con su presencia, y no sólo porque le sobren algunos kilos, que seguramente le sobran. Él es un showman en toda regla.



Ya conocemos a los 

No se puede negar que El intermedio siempre está buscando una manera diferente de contar las noticias, no hay más que ver sus surrealistas encuestas de la sección “Lo que España vota, va a misa”. Ahora que estamos entrando en plena pre-campaña electoral, el programa conducido por El Gran Wyoming ha decidido montar sus propios debates políticos, con la diferencia de que, más que debates, serán enfrentamientos cara a cara entre dos políticos, y no habrá discursos ni frases lapidarias: las “armas” serán los mandos de la consola 





