
La espera hasta el próximo otoño para ver la séptima temporada de ‘Doctor Who‘ se va a hacer otra vez larga, incluso a pesar de tener el especial de Navidad para que sea un poco más llevadera. Cada vez que una entrega de esta serie se acaba, el panorama televisivo se queda un poco más triste, necesitado de que la aventura, la energía y la sensación de que todo es posible que transmite la TARDIS regresen lo antes posible. Y eso que esta sexta temporada ha puesto de manifiesto las debilidades que subyacen en el modo de organizar las tramas serializadas de Steven Moffat. Además de idear monstruos originales y muy inquietantes, Moffat tiene mucha querencia por los puzzles y los misterios que se desarrollan a lo largo de muchos capítulos. De hecho, uno de los principales de esta entrega, la identidad de River Song, se estaba cocinando desde la mitad de la cuarta temporada.
La presentación de esos misterios y de las preguntas que plantean siempre suele ser muy interesante y atraparte con rapidez; el doble episodio inicial de esta sexta entrega ha sido el punto más alto en cuanto al arco mitológico, y era sólo de presentación. Las resoluciones, tanto a mitad de temporada como al final, han querido superarse en cuanto a amplitud de miras y a ambición narrativa, acumulando una respuesta detrás de otra y, al mismo tiempo, planteando alguna que otra cuestión nueva, y el resultado ha sido un poco atropellado. Las ideas peleaban por hacerse hueco y sobresalir, y al final no terminaba de sobresalir ninguna. Excepto que River Song es uno de los mejores personajes salidos de la imaginación de Moffat.











