
‘The Killing: Crónica de un asesinato‘, que es como se titula en España ‘Forbrydelsen‘, está entrando en AXN en su recta final de capítulos, una recta final en la que la serie deja muy claros cuáles han sido desde el principio sus intereses. Hemos tenido más de la mitad de la primera temporada para familiarizarnos no sólo con los personajes sino, sobre todo, con esa Copenhague que casi siempre vemos de noche, en la que sus personajes pasan la mayor parte del tiempo en interiores poco iluminados y, en su mayoría, austeros y hasta fríos. Hemos visto cómo los padres de Nanna Birk Larsen ven implosionar toda su vida con el asesinato de su hija, cómo las sospechas circulan por el entorno del ayuntamiento y cómo Sarah Lund va persiguiendo y descartando a los sospechosos que parecen más probables, pero es en los últimos cinco episodios o así cuando la serie de verdad explota el tema que de verdad le interesa.
Y ése no es otro que la espiral de obsesión y autodestrucción en la que entran el concejal Troels Hartmann y la propia Sarah Lund. La muerte de Nanna a ellos les afecta de forma más indirecta que a sus padres, pero el modo en el que termina carcomiendo sus vidas es casi hasta más destacable que el entorno de dolor, instinto de supervivencia, desconfianza y silencio que se instala en casa de los Birk Larsen. Aquí no va a haber spoilers sobre quién es el asesino, una cuestión que termina perdiendo interés cuando llegamos a los tres últimos episodios, porque es la onda expansiva de ese asesinato lo que se adueña finalmente de la función.














