Salvados

Admito que me gustan más los programas que me hacen sonreír que los que buscan a toda costa la carcajada. Sobre todo porque mientras los segundos suelen dar más arena que cal en busca de ese gaga espectacular, los primeros tienen más posibilidades de divertirme más y con menos altibajos. Salvados por la iglesia, que comenzó ayer en la Sexta con el Follonero a la cabeza, es de los primeros, pero su trayecto sigue siendo tan irregular como ya lo eran sus programas con motivo de la campaña electoral.

Lo mejor de todo sigue siendo el propio Jordi Évole, un tipo al que la inteligencia se le nota a la legua. Tiene recursos de sobra para hacer gags sin necesidad de que haya guión de por medio, réplicas muy agudas y una pinta de niño bueno que pega bien con el estilo que se le quiere imprimir al programa. Porque, contra lo que podía haber parecido cuando se anuncio, Salvados por la Iglesia no se ríe de la iglesia, sino que en la mayoría de las ocasiones se ríe con ella.

Es un punto muy a favor de este programa: estamos acostumbrados al humor de confrontación directa, pero el equipo de Salvados propone una línea blanca, donde hacer reír no significa hacer daño. Creo que no me equivoco si digo que la mayoría de la gente puede reírse con él sin sentir que se les está ofendiendo. No era fácil, pero Évole y su gente lo consiguen.

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