Curso del 63

Será un éxito de audiencia, pero ‘Curso del 63’ es todo un aburrimiento. Vendido como un choque entre dos épocas (alumnos de hoy en día enfrentados a profesores de los años 60), el programa estrenado ayer por Antena 3 es más bien una función de fin de curso mal ensayada.

Hay una regla que el realitie no debe traspasar si quiere funcionar (no hablo en audiencia, hablo en “credibilidad”, si es que un término así puede aplicarse aquí): el casting debe ser creíble respecto a las intenciones del concurso, a pesar de estar dirigido para tener el mayor “juego” posible. ‘Curso del 63’ se salta a la torera esta convención para presentarnos a los concursante menos verosímiles que haya dado un realitie en España (con permiso de los de ‘El castillo de las mentes prodigiosas’).

Ni escolares ni nada: lo que el programa ha reunido es a una pandilla de veinteañeros con ganas de salir por la tele y un papel muy mal aprendido, el de niños maleducados que se pasan por el forro todo lo que se les dice. Convendría disimularlo un poco mejor: son como malos actores exagerando los gestos y levantando la voz para así solucionar sus carencias.

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