Los Soprano

El que piense que la televisión no actúa casi nunca como un servicio público tiene en La Sexta algún consuelo. No sólo han colocado a Andrés Montes en abierto para hacernos pasar mejor los sopores veraniegos, sino que han dado la oportunidad a todos los españoles (es un decir, claro, teniendo en cuenta la limitada recepción de la cadena) de disfrutar de una obra maestra absoluta del medio como Los Soprano.

No sé si se puede decir que es la mejor serie de la historia como dice José Miguel Contreras porque esas frases maximalistas no colocan a la serie en su contexto. Pero tras volver a ver los primeros dos capítulos de nuevo el sábado por la noche, unos cuantos años ya desde su comienzo, tuve la sensación de reencontrarme con unos viejos amigos muy especiales con los que a veces puedo tener mis desacuerdos (esa cuarta temporada tan irregular) pero que nunca me decepcionan. Tuvo su gracia ver a James Gandolfini con tanto pelo y también a los actores que interpretan a sus hijos en plena adolescencia. Pero lo mejor fue el regreso de Nancy Marchand como Livia, la madre de Tony Soprano, a la que la muerte privó de tener más protagonismo en un programa en cuyo origen fue un elemento central.

David Chase quiso hacer en principio una serie sobre su relación con su madre animado por todos a los que contaba historias de su peculiar comportamiento. El elemento de la Mafia fue sólo un artificio para el hacer el concepto más interesante, ya que francamente nadie se siente muy atraído por las aventuras de un guionista de televisión. Nancy Marchand, a la que recordamos por ser la matriarca de Lou Grant, se ajustó como un guante a ese papel con una buena dosis de mala leche pero también aportando algo de empatía por un personaje cuya infelicidad vital ha acabado contaminando a todos los que la rodean.

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