En los últimos años, tal vez pocas cancelaciones hayan dolido tanto como la de Verónica Mars, una pequeña serie de la gran cosecha de 2004 que, pese a no contar nunca con el respaldo de grandes audiencias, sí tenía detrás a unos fieles seguidores y los parabienes de prácticamente todos los críticos de televisión de Estados Unidos. Estrenada en una cadena minoritaria y orientada al público juvenil como UPN, era el segundo intento de poner en marcha su propia serie del guionista Rob Thomas, que había fracasado en 1998, en la ABC, con Cupid.
Thomas reutilizó un argumento sobre un detective adolescente de la serie de libros juveniles con los que empezó a escribir y creó a Verónica Mars, una joven de Neptune (California) cuya vida da un vuelco de 180º por culpa del asesinato de su mejor amiga. Su padre pierde su trabajo como sheriff y sus amigos, que figuran entre la clase alta de la ciudad, la dejan de lado. Como remate, su madre se marcha, incapaz de soportar la situación, y Verónica se queda sola con su padre, que sobrevive como detective privado. Ella decide, después de muchas humillaciones, que no va a ser más una víctima, y así surge esa chica borde, sarcástica, lista, casi permanentemente enfadada con todo el mundo pero, en el fondo, vulnerable que enamoró a todos sus fans desde el piloto.
La primera temporada de ‘Verónica Mars’ es una de las mejores que se han hecho en la ficción estadounidense en la última década. Impulsada por el deseo de Verónica de resolver el asesinato de su amiga Lilly y, así, volver a su vida anterior, hizo destacar a la serie por su ironía, su innegable sabor noir, su retrato del instituto (que le ganó comparaciones con Buffy, cazavampiros) y, por supuesto, por la impresionante interpretación de Kristen Bell, que fue el ancla y la fuerza de la serie durante sus tres temporadas en antena.
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