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Alfredo Amestoy

Sí, es cierto, esta semana me he ido un poco hacia atrás en el tiempo, pero es que si me da por pensar en animales televisivos no puedo olvidarme de alguien que durante décadas, y digo décadas, fue el animal televisivo por excelencia. Alfredo Amestoy representa en la televisión de España una enorme puerta abierta, y es que sus experiencias televisivas dieron paso a buena parte de los formatos que hoy consiguen grandes resultados en nuestro panorama audiovisual.

A la vista de cómo se desarrollan algunos profesionales ante y tras las cámaras, podemos decir que Alfredo Amestoy ha sido un gran maestro para muchos de ellos. Por eso, justo es que hablemos de él en esta edición algo retrospectiva sobre nuestros animales televisivos.

Este es uno de esos profesionales de la comunicación que tienen un currículum que asusta con sólo mirarlo. Si hubiera que definirlo de alguna manera… bien, por suerte los de la Wikipedia me han ahorrado el esfuerzo y resumen su trayectoria profesional diciendo de él que es “periodista, escritor, publicista, comunicador, animador social… y agricultor”. En esta retahíla echo en falta la etiqueta “precursor”, básica para hablar de Amestoy, pero no se puede tener todo en la vida.

Para mí, Amestoy es uno de los fundadores de la televisión como medio para llegar a las masas, y cuando digo “llegar” me refiero a establecer una comunión total entre uno y otro lado de la pantalla de manera tal que antes de que abra la boca ya hay miles de espectadores dispuestos a decir que están de acuerdo con él. Gustará más o menos, pero no podemos negarle el mérito de haber sabido sacarle todo el partido a un medio que nació a la luz de los candiles en una España… de Berlanga.

Un todoterreno ácido y lúcido

Se curtió en la radio de la mano de los grandes maestros como Bobby Deglané y José Luis Pecker, y también en infinidad de publicaciones, cultivando desde el reporterismo más audaz, pasando por la crítica cinematográfica en ‘Fotogramas’ hasta los sucesos de ‘El Caso’, y lidiando también con la censura del régimen franquista mientras exprimía su sentido del humor en la ‘La Codorniz’, así que no es de extrañar que Alfredo Amestoy represente un modelo de comunicador único en su especie, sutilmente ácido y muy capaz de ironizar con cada tema sin decir nada aunque se le entienda todo.

La suya fue una formación completa que tocaba todos los palos, y quizá por eso Amestoy dio muchísimo juego en una incipiente TVE a partir de 1962, cuando de repente se encontró ante las cámaras con una consigna en el bolsillo: dar a entender a los españoles cómo era el mundo que les rodeaba. Y en todas y cada una de sus apariciones en pantalla, que se cuentan por centenares, sus formas eran tan características que apenas necesitaba presentación.

Amestoy, aquel que armado con unas gafotas y con un indómito flequillo fue pionero en quitarse la corbata para salir en la tele de Franco, se servía de su aguda voz plena de inflexiones para exponer de forma clara, con frases breves y fácilmente inteligibles, cuál era el estado de las cosas, y el periodista, escritor, publicista, comunicador, animador social… y agricultor no dudaba en echar mano de toda la faceta audiovisual que le brindaban las cámaras para enmarcar sus mensajes, para hacerlos más plásticos, para que se le entendiera… aun cuando utilizara todo tipo de metáforas, que en ocasiones el ingenio lo llevaba a ser casi críptico en aquella época oscura en la que se contaba mucho más por lo que se callaba que por lo que se decía. Tanto es así que, por lo que explica ahora Amestoy, Franco lo mantuvo en la tele porque gracias a él se enteraba de lo que pasaba en el país, ya que por lo visto el mismo dictador llegó a ser víctima de su propia censura, vaya por Dios.

Si alguien ha reconocido en este vídeo la semilla de lo que hacen hoy en día algunos reporteros de la tele, que no se frote los ojos, que la cosa es así. El lenguaje visual empuñado por Alfredo Amestoy junto al ya desaparecido José Antonio Plaza marcó toda una época y a toda una generación. Incluso puede ser tildado de amarillista, no diré que no, pero no me extraña que estas bestias de la pantalla recurrieran a estas formas si tenemos en cuenta el momento social que les tocó vivir, y es que sin ir más lejos en este ‘35 millones de españoles’ se realizaba por vez primera una defensa de la calidad de vida de los ciudadanos de nuestro país, algo que unos años antes se hubiera saldado con unas cuantas persecuciones policiales amenizadas con todo tipo de propinas dolorosas.

Pero si hablamos de Amestoy como precursor, no podemos olvidar que muchos de los formatos que lideró fueron la esencia de lo que vemos hoy en la ya no tan pequeña pantalla. Suyo es el mérito de haber convertido la vida cotidiana de una familia cualquiera de Cáceres en un docushow llamado ‘La España de los Botejara’, y que tiemblen los insulsos ni-niatos y los grandes hermanos que pueblan nuestro actual espectro catódico, que lo de los Botejara era de verdad de la buena: una familia diseminada por toda España para salir de los apuros económicos que hicieron de nuestro país lo que somos en nuestros días, sociodemográficamente hablando.

También se propuso retratar otras realidades inéditas hasta la fecha, como el diálogo-monólogo mantenido por una mujer embarazada con su futuro hijo en ‘El día de mañana’ y, fuera de España, en Miami, las reflexiones caninas de los perros de los famosos desvelando los secretos de sus dueños en ‘Mi amo’. Y con ‘Vivir para ver’ Alfredo Amestoy consiguió batir récords de audiencia en TVE. ¿Quién dijo que la crítica mordaz de la actualidad tomando como referente los contenidos televisados no interesaría al populacho? La cuestión estaba en saber llevar todo esto a buen puerto desde una óptica singular y reparar en la roña del dedo que apunta firme hacia el cielo mientras todos los demás se empeñan en mirar hacia un estúpido satélite aporreado (lunáticos, yo os maldigo).

Como testimonio y narrador de la evolución de todo un país, Amestoy se forjó una carrera que a partir de los años noventa experimentó un declive, y su imagen fue aprovechada por Antena 3 y por Telecinco cuando las recién estrenadas privadas pasaron por aquella época de recuperar a los grandes nombres de la tele para ponerlos en primera línea de fuego, a ver si así enganchaban a la gente a la nueva oferta televisiva. Buena muestra de ello fue ‘Un país de locos’, donde Amestoy reencendía su fuego para volver a iluminar al pueblo, transformado ahora en audiencia en un oficio que ya no tenía el aroma de artesanía de las épocas pasadas.

Pero como Amestoy no disfruta revolcándose en el ayer, se pasó a Telecinco de la mano de su amigo Lazarov, y en aquellos tiempos Amestoy se dejó de genialidades y se refugió en la apuesta segura de los programas gastronómicos, donde descubrió catódicamente a Ferran Adrià, también en un sainete seriado titulado ‘A salto de cama’ que no merece ni siquiera que le ponga negritas en el título y en su vuelta al mundo de los sucesos de la mano de ‘Misterios sin resolver’, por citar algunos ejemplos. Ahí es donde la mayoría de los televidentes volvieron a ver a Amestoy en pantalla y donde yo decidí apagar la tele y ponerme a leer un par de libros sobre la menstruación del cangrejo austrohúngaro, si no recuerdo mal, que en la vida todo es cuestión de aprender.

Ficha en Imdb | Alfredo Amestoy
En ¡Vaya Tele! | Animales televisivos

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