La accesibilidad de las series y el espectador casual

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He vuelto [insertar risa maligna]. Y esta vez lo hago para quedarme. La cúpula del trueno que maneja los hilos del universo weblogsiano ha tenido a bien invitarme a ¡VayaTele! como columnista semanal con la idea de que siga reflexionando sobre temas de guión, industria y demás entresijos televisivos. ¿Os hace? ¡A mí, mucho! :)

Cuando escribía sobre el High Concept en televisión, remarcaba su valor como herramienta para atraer espectadores hacia un nuevo estreno, de captar la atención de la audiencia potencial. Pero dentro de esa necesidad de atraer el interés más allá de una primera fase de presentación, entra en juego un concepto cada vez más complicado de manejar y que resulta clave a la hora de plantear una nueva producción: la accesibilidad.

En esta ocasión no voy a hablar de cómo se plantea la fórmula inicial de una serie, ese planteamiento de características básicas como son el género o el formato; esa fórmula que determina si queremos algo seriado o procedimental, si buscamos al público femenino, masculino, jóven o, como en la gran mayoría de producciones nacionales, familiar. Hoy me quiero centrar en accesibilidad referida a la capacidad de un título de atraer nuevos espectadores en mitad del trayecto.

La serialidad es un rasgo definitorio de la ficción televisiva como vehículo para contar historias, una cualidad que complica por defecto la posibilidad de atraer a nuevos espectadores en mitad del relato. El espectador que se asoma a una narración ya empezada suele rechazar la sensación de desconcierto o intrusismo que a menudo acompaña a este acercamiento, provocando así su salida, una expulsión probablemente definitiva.

El formato procedimental es un imán para las grandes audiencias también por este motivo. No sólo es ventajoso el poco compromiso que requieren de su audiencia sino que también tienen un acceso mucho más abierto y fácil al espectador casual que surfea por la programación buscando dónde quedarse.

Situaciones desesperadas requieren retoques desesperados

Cuando las networks (o las cadenas de cable básico como USA Network, cuya parrilla es esencialmente procedimental) apuestan por una propuesta seriada, deben confiar en su habilidad para construir una audiencia que después se mantenga fiel. La ABC lleva años explotando un filón muy inteligente en esta línea, enfocando sus títulos de corte seriado al público más fiel: el femenino. La recién despedida ‘Mujeres Desesperadas‘ y la recién estrenada ‘Revenge‘ son dos ejemplos.

Pero todo producto televisivo está condenado a estrellarse, las estadísticas de series supervivientes son demoledoras. Ante esta perspectiva pesimista y al menor síntoma de inminente fracaso, es habitual que las cadenas exijan a los showrunners una reconducción del contenido de una serie, solicitando que las tramas y su tratamiento se adecúen a un público y un formato más abiertos.

Friday Night Lights‘ es un buen ejemplo de serie nacida con unas intenciones de tono e historias concretas (que se ven aún más claras a partir de la tercera temporada) que no caló demasiado en un principio y se vio entonces obligada a seguir unas pautas muy forzadas, que se pondrían en evidencia con esa segunda temporada excesivamente culebronesca y esa trama-pegote de misterio bastante inverosímil. Otro ejemplo que me gusta dar ya que no es muy conocido es el de ‘Jack y Bobby‘, serie creada por un favorito personal, Greg Berlanti y emitida en la difunta WB.

J&B

‘Jack y Bobby’ nació como una serie aparentemente juvenil pero de corte más adulto que abordaba temas muy interesantes con un tratamiento y un tono que se desmarcaban de lo habitual en la cadena. Contaba la infancia del presidente de los Estados Unidos en 2049 y cada episodio comenzaba con entrevistas a figuras políticas que plantean dilemas relacionados con su presidencia, dando paso a algún momento de la juventud del presdiente que funciona como trama-espejo de ese tema. ¿Qué ocurrió? A mitad de la primera temporada empezó a notarse cómo los temas religiosos, políticos, filosóficos o maduros daban paso a tramas más juveniles y románticas. Aprovecho para recomendárosla; por suerte, y tras pocas emisiones intentando corregir el rumbo, la cadena dio por perdida la serie y los últimos episodios vuelven al espíritu inicial dando un buen cierre a su única temporada.

Hacer una serie accesible en este sentido es complicado incluso en formatos que aparentemente lo tendrían más sencillo por definición. Uno de los rasgos de la sitcom es el carácter autoconclusivo de sus escaletas capitulares, sean comedias como ‘The Big Bang Theory’ o ’2 Broke Girls’, que siguen un estilo más clásico, o series como ‘Modern Family’ o ‘Community’. Cada episodio plantea un detonante que se desarrolla y resuelve en el mismo episodio, algo que podría ser determinante a hora de captar a un espectador casual.

Sin embargo, las comedias tienen un lastre particular en este sentido y es la endogamia. Una vez que se perfila a los personajes y se definen las dinámicas entre ellos, el humor suele nacer de conocer a esos personajes y predecir cómo van a comportarse en cada situación. El espectador casual no puede ser partícipe de esta anticipación o de los guiños autorreferenciales, se sentirá perdido y, de nuevo, cambiará de canal. Seguro que si os paráis a pensar podéis mencionar un gran número de sitcoms cuyos primeros episodios (o incluso primera temporada) calificaríais de flojos, cuando en muchas ocasiones el problema es precisamente esa necesidad de crear esa dinámica e introducir al espectador en ella. Con las comedias que empiezan hay que ser más paciente como espectador.

¿Qué accesibilidad es la prioritaria?

A pesar de que esa capacidad de captar espectadores durante todo el recorrido de una serie es un factor importante, se está convirtiendo en una preocupación cada vez más secundaria. Los hábitos de consumo de ficción televisiva están cambiando a pasos agigantados y estamos siendo testigos del lento pero seguro auge de la televisión en diferido. Los datos de audiencia en directo de las networks, es decir, la audiencia que ve un programa en su primera emisión, están en constante descenso desde hace 14 trimestres y las cadenas tienen cada vez más en cuenta los datos con +7 (la suma total de espectadores que acumularon todos los pases de un programa durante los 7 días siguientes a su primera emisión) y a los espectadores de DVR, números que beben principalmente de la audiencia fiel de un programa.

Cabría pensar entonces que esa accesibilidad inicial que siempre ha sido un elemento clave, toma cada vez más relevancia en esa labor de atraer a un amplio perfil de espectadores que con el tiempo se traduzcan en audiencia fiel y engorde así esos números de los que dependen los bolsillos de las cadenas en abierto. Es apasionante esta época de cambios que nos ha tocado vivir como espectadores; ser testigos de cómo la industria poco a poco se está viendo obligada a cambiar y evolucionar a la vez que lo hacen los hábitos de consumo del entretenimiento audiovisual.

En ¡Vaya Tele! | Cómo funciona la televisión americana: la audiencia

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