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Desde hace unas semanas, los viernes por la noche podemos ver en Cuatro la segunda temporada de ‘Hijos de papá‘, un reality que pretende ser también un coach en el que chicos que viven de manera lujosa y con todo tipo de caprichos se enfrentan, supuestamente, a la vida real y aprenden que hay que ganarse las habichuelas o, en su caso, el Moët Chandon, con el sudor de su frente.

De sobra es conocido el carrerón que el canal de Mediaset está logrando a base de programas de telerrealidad. ‘Granjero busca esposa’, ‘¿Quién quiere casarse con mi hijo?‘ o ‘Perdidos en la tribu’ son unos espacios llamativos, una vuelta de tuerca al reality de siempre, y han sabido conquistar a una gran parte del público (a un público incluso contrario al formato) gracias a su humor, a sus bizarros planteamientos, a un cásting con el que se empatiza fácilmente… ‘Hijos de papá’ no es así.

En ‘Hijos de papá’ es difícil conectar con los participantes. Resultan frívolos y egoístas, y eso hasta es comprensible en un programa de este tipo pero no son divertidos y eso sí que no lo perdonan los fans de la terrealidad. No saben reírse de ellos mismos. No transmiten espontaneidad ni disfrute. Parecen tener una opinión tan elevada de sus personas que no necesitan más.

Humanidad y naturalidad

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Las situaciones resultan muy postizas y los chicos sobreactúan. Los aficionados a los realities sabemos (o eso nos gusta pensar) cuándo hay patata y cuándo huele a chamusquina y aquí el incendio se ve a kilómetros. Aunque, puede ser que las situaciones que viven resulten tan vacías porque ellos mismos no sepan comportarse nunca de verdad. No hay naturalidad y eso no es bonito. Echo de menos un uso del montaje más dinámico y divertido, desdramatizador, tal y como hemos alabado otras veces en los programas antes mencionados.

Los resultados de audiencia no están acompañando demasiado a este espacio. Ni la presencia de la infalible Luján Argüelles parece poder remedar el problema. Plural Entertainment, la productora de este programa, usa los recursos narrativos que emplea con éxito en ‘Hermano mayor‘, pero aquí no hay un conflicto tan potente. Hay que construirlo con otros mimbres y, al final, se difumina entre frases vacías y una estructura bastante deslabazada. No está claro el objetivo de lo que estamos viendo: si es una fiesta, si es un enfrentamiento, si es un pulso con los padres o una manera de aprender que el esfuerzo es necesario. Nada acaba de despuntar porque nada importa demasiado a estos chicos.

En ¡Vaya Tele! | Cuatro estrena ‘Hijos de papá’, niños ricos para el viernes por la noche

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